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lunes, 12 de marzo de 2012

LA INCERTIDUMBRE DE NO TENER POR QUÉ PREOCUPARSE

Tampoco estuvo satisfecha mamá por la felicidad infame que le di cuando me tuviese de vuelta, yo de rodillas, mi cabeza apoyada en su regazo, al término de cincuenta minutos durante los que condescendiera, contra su voluntad, a verme reptar sobre el tejado de la casa de los Wells, superando las ramas del árbol vecino que la abrazaba, manteniendo el equilibrio, y evitando la tentación de mirar hacia donde podría caer, si apoyaba mi pie en una pieza de teja cerámica suelta, o si mis manos me dejaban resbalar.
Evidencia de la angustia de mamá fueron los cabellos secuestrados por sus uñas; tal fue la desesperación con que se aferró a su cabeza con ambas manos. Ademán incierto que le daba la certeza de no perderla.
Lo que nadie supo, salvo Manuel Antonio Wells y yo, es que el balón había rodado por la calle hasta detenerse a sus pies, insólita suerte que no le dejaba más remedio que lanzarlo de un puntapié, a perderse por siempre. El balón rebotó contra el tronco del árbol y fue a dar tras la chimenea que, a manera de una enorme boca que fumaba en las noches,  sobresalía del tejado de su casa.
Como cuando en mis tiempos de “estudiante” el concubinato con la botella me impedía en jornadas interminables volver a casa antes del amanecer del segundo día de parranda. No hace falta que imagine a mamá, tendida en la cama, sus párpados livianos, intercediendo ante dios por mi suerte, a la espera de una llamada que le informase acerca de mi paradero y le diera la tranquilidad de saber a cuento de qué preocuparse por mí.

lunes, 27 de febrero de 2012

NO PUEDE TODO SER POLÍTICA (dos)

Anteriormente en "UN AGUJERO EN EL BOLSILLO DEL PANTALÓN":


Nos detuvimos justo en frente al CAI del Parque del Virrey. Arrogantes las fachadas del hotel y las cafeterías emblemáticas del parque al otro lado de la calle.
En vista del espléndido sol que se levantaba en lo alto del cielo azul, cliché añorado de sábado en la tarde, y de que la cena a la que mamá se había comprometido a asistir no era sino hasta las siete, sugerí a ella dejarse tomar del brazo para cruzar la carrera quince y hacerme compañía con una tacita de café.
“¿No será mucha molestia?” pensé, reprimiendo cualquier sonrisa que osara asomar a mi rostro.
Reposando el bolso en el asiento a su lado, mamá se sentó mirando hacia el costado oeste del parque, abandonándose al entretenimiento acostumbrado, matizado de perros y deportistas, y uno que otro arribista andino, de esos invariablemente ataviados con pantalón caqui, camisa polo y suéter entornando sus hombros. En apariencia, ya la mujer del perro y su popó se habían desvanecido de su mente; a diferencia de la mía, en la que no se dibujara con definición.
Se acercó el mesero a nosotros y, antes de darle oportunidad siquiera de saludar (y presentarse, como me lució que pretendía hacer desde un principio), ordené una taza de café espresso. Mamá saludó al mesero, después de lanzarme una mirada de reproche, y ordenó un té en agua.
¿No será mucha modestia?
Anotó en su libretita las bebidas el mesero, se dio media vuelta, y desapareció dentro del establecimiento.
Interrumpí mis pensamientos casi que por un reflejo de rechazo al silencio en el que nos sumergió la pesada presencia del dependiente.
—Antes que recitar la teoría macroeconómica contenida en la obra de Mankiw y Krugman, deberían esos muchachos es concentrar toda su atención en un punto único. Crítico.— Tragué saliva y proseguí: —A esos muchachos les hace falta es pensar con independencia. —Sentencié.
—De manera independiente o no, pero que piensen. Dios no lo quiera, y terminen repitiendo las mismas sandeces y contradicciones en las que incurre Alejandro Gaviria, o lamiendo las botas de sus amigos, de manera que se encuentren presentables en el momento de ser hundidas en la boñiga oficialista, como bien hace Juan Carlos Echeverry, o, en el peor de los casos, obedeciendo a ojos cerrados las órdenes de un superior inescrupuloso como Andrés Felipe Arias—. Secundó mamá.
La pesadez del mesero, de vuelta con nuestras bebidas, me animó a sacar a relucir el silencio guardado antes.
Dispuso él una servilleta a mano derecha de cada uno de nosotros, las bebidas en frente, y el protocolo de acompañamientos en el centro de la mesa. Se retiró pues con una venia mal fingida, llevándose adentro su pesadez el mesero. Siguiéndolo con la mirada añadí: —En ese orden de ideas, mejor entonces que ni se molesten en pensar.Bajé el tono y clavé la mirada en los ojos de mamá: A eso están habituadas las facultades de economía, sin que haga falta detenernos a examinar el espíritu imperante en los colegios de administración; dado el caso tendríamos es que dar un par de saltos en el tiempo hacia atrás, siglos antes de Robert Owen, para comprender qué es sobre lo que ellos fingen hablar, cuando no es, a pierna suelta, de sus aventuras en “Federico, Carne para Rico” o “Rompiendo Records”.
—Para ser justos, yo no tengo la culpa, mucho menos las facultades de economía y administración, de que únicamente te hayas relacionado con individuos de mente roma. Hasta parece que estés hablando es de abogados.— Reprimió mi ímpetu mamá, y bebió de la taza humeante.
—Y me arrancó las palabras de la lengua. —Repuse entusiasmado, de inmediato.
Todos los cretinos conducen a una mente roma.


... a seguir.

lunes, 12 de diciembre de 2011

LO RETO, PROFESOR JIMÉNEZ, A ENCONTRAR UN PÁRRAFO SUSCEPTIBLE DE SER LEÍDO EN ESTA ENTRADA.

A las diez de la mañana ya se han intercambiado los comentarios que antes se contenían en un día entero; la velocidad con que una noticia supera en popularidad a otra es intimidante. Y es la cantidad de contenidos lo que precisamente hace de esa avalancha informativa un tema inquietante. Su variedad, además. A la vez es posible discutir las gracias –entiéndase por gracia el excremento expulsado por un animal- de Juan Manuel Corzo, el estremecimiento que día a día sufre la estabilidad nacional a causa de la maldita niña o de la acción de la mano negra desmintiendo a las víctimas, incluso tiempo queda para cuchichear acerca de las rupturas sufridas por las parejas más reconocidas de Beverly Hills, Cali-fornia, ve, las de las de Colombia también, y del culo informe de una aspirante a diva. Los tiempos giran fatigados.
Todo lo anterior gracias a la velocidad con que se propagan las informaciones. Y, sin duda, las herramientas que más han contribuido a este hecho son las redes sociales –maldito sea el creador de tal mote-. No únicamente es posible enterarse de los hechos más distinguidos de la actualidad sino, en adición, encuentran su propia tribuna las actividades melifluas, lo que a nadie interesa, eso que nadie quiere saber. Maldición. Millones de opciones provechosas ofrecían estas herramientas como resultado de su utilización, sin embargo, lastimosamente, para nuestro dolor y el disfrute de los más, elegimos la peor de todas. En vez de tomar nuestro propio destino por el cuello y someterlo, triunfo de la consciencia, creando una identidad social competente, fértil intelectualmente para beneficio de la sociedad, hemos preferido abandonarnos a un sobresalto frenético en el que la zalamería y la idiotez son el lugar común. Rebaño vergonzante.
Mi primer contacto con las redes sociales tuvo ocasión en 2006. Y me tomaré la libertad de omitir, entre otros, al Messenger y demás artilugios, por así decirlo innombrables, carentes en absoluto de relevancia en este relato. Esta aclaración con el propósito de evitar que el lector desprevenido se extravíe en sus propias abstracciones y juzgue mi conocimiento e interés por estos instrumentos, indispensables hoy en día, más bien comparables con los de un neófito. Aunque esta aproximación no es del todo equivocada. Ya se dará cuenta usted del porqué. Retomando el relato abandonado, en 2006, un lustro atrás, más o menos, abandonándome a la incomodidad de una banca de parque –uno con nombre relativo a la realeza, en el que los policías que lo custodian, en lugar de perseguir a los pillos, le ofrecen unos cuadritos de papel higiénico con el ánimo de socorrer a las víctimas de apuñalamientos-, licenciosa es la concesión natural que para sí tiene el estudiante, extendiendo su mano para que tomara el cigarro de marihuana entre mis dedos, recriminaba mi amigo, “¿Y qué? ¿Nunca va a abrir una cuenta en feisbuc?”. Fingí no oírlo y aspiré una profunda y larga bocanada. “Lo que usted no sabe es que, deliberadamente, no me ha antojado incluirlo a usted”, pensé luego, aturdido –no sé si a causa del efecto del THC mezclándose en mi torrente sanguíneo o de lo insubstancial que me resultaba la conversación-.
Ahora bien, el miércoles inmediatamente anterior el profesor Camilo Jiménez, AKA @bocasdeceniza, dejó a todos quienes tuvimos la oportunidad de leer la última entrada en su blog, en primera instancia, boquiabiertos, ya fuera resultado de su lectura, indignante asombro o bien condescendiente solidaridad. El profesor Jiménez  explicaba en ésta los motivos que lo llevaron a renunciar a su cátedra Evaluación de Textos de No Ficción, en la Universidad Javeriana, palabras más palabras menos, porque sus estudiantes no son siquiera capaces de escribir un párrafo correctamente “Donde se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis- y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con su lector: claridad, economía, pertinencia.”, según sus propias palabras. En mi caso, debo decirlo, me siento completamente identificado con la crítica. En consecuencia, se hizo más conocido el texto gracias a su difusión en tuíter y, como si no fuera suficiente, fue publicado el viernes en El Tiempo a manera de columna de opinión. Como reguero de pólvora se explayó el alboroto. Las voces de protesta no se hicieron esperar y, en segunda instancia, se dio origen a un flujo de respuestas a la carta de renuncia del ahora afamado profesor y de respuestas a la respuesta, y así. Yo, como fiel miembro de mi generación, excelente ejemplar de este rebaño idiota y zalamero al que pertenezco, uno mi voz a las miles que alientan o crucifican al profesor Jiménez. Aunque, sea apreciada la aclaración, después de mucho reflexionar, me inclino también a pensar que el profesor Jiménez espera mucho más de lo que sus alumnos pueden dar. Un párrafo.
Recuerdo con claridad, hace unas cuantas semanas ya, un compañero de estudios en el colegio, Felipe Leal, actualmente profesor, de esas personas con las que rara vez nos cruzamos un saludo y, si por coincidencia nos llegamos a topar el uno con otro en la calle, apuesto mi vida, nos ignoraríamos, se quejaba de los disminuidos atributos intelectuales con los que sus estudiantes afrontaban su cátedra y, en general, todos sus demás complementos y requisitos. Sabrá Dios la especialidad a la que dedica sus esfuerzos este ilustre académico. Lo que sí me quedó claro es que para el profesor en cuestión no es suficiente con renegar de la inferioridad intelectual de sus estudiantes sin haberse ufanado antes de la profundidad explícita de sus lecturas. Entre otros, con el mentón bien en alto, cita a escritores como Jim Rohn, Wayne Dyer, Zig Ziglar y Larry Winget -gurú entre los midgets-, reconocidísimos autores de documentos editados a lo largo y ancho del mundo en el competido campo de la autoayuda. Extrañé, no obstante, la inclusión de Paulo Coelho en esta selecta lista. Omisiones de las que nunca estamos exentos a escapar. Eso sí, todos y cada uno de los productos de sus cavilaciones juiciosamente documentados en las redes sociales, desconociendo por completo el uso de tildes, puntuación, además de los mínimos menesteres exigidos a sus alumnos a tener en cuenta por parte del profesor Jiménez.
Le pregunto entonces a Camilo Jiménez, y espero no sea mucho el atrevimiento de mi parte, si nos hemos acostumbrado a que, incluso orgullosos y ávidos lectores a razón de un libro al mes en promedio, tal el caso del profesor Leal, no sean capaces de redactar una frase correctamente en ciento cuarenta caracteres, por qué hemos de reclamar el mismo trato al idioma en la extensión de un párrafo.
Definitivamente, el problema, ni más faltaba, no digo que sean las redes sociales -de no ser por estas herramientas, tuíter especialmente, la difusión de esta discusión se habría limitado al cerrado círculo de quienes a su haber tienen el oficio de la escritura, su hogar la academia- sino, por el contrario, sus participantes. Cuando no todos, una gran proporción de ellos. Usuarios, en exceso, de los gerundios como primera palabra en una frase; inseguros, creyendo como insuficiente un signo de admiración en el momento de dar emoción a sus enunciados; abusivos corsarios que hurtan los chistes de tuíter para correr a balar y congraciarse con su prole en feisbuc; COPIA ÉSTO EN TU MURO SI EN ALGUNA OCASIÓN HAS COMETIDO CUALQUIERA DE ESTOS ADEFESIOS.
Alarmante es, sin titubeos, que los comunicadores no sean capaces de redactar un párrafo si, en efecto, ese ha de ser su oficio, componer las sutilezas del lenguaje a partir del lenguaje de las sutilezas.
Así las cosas, profesor Jiménez, lo reto entonces a que encuentre un párrafo susceptible de ser leído en esta entrada.

sábado, 10 de septiembre de 2011

OTRA PELÍCULA GRINGA IDIOTA

“… Levántate hijo, se te hizo tarde”. Me sacudía en el hombro mi mamá. Pese a que mis párpados se resistían a despegarse, no había olvidado que sería un día importante si me defendía con pericia. Y defenderme, sí, de tres parciales, un tridente infernal con el que la universidad no desperdiciaría ocasión en agujerearme el entusiasmo, y de paso el culo, de permitírselo. Macroeconomía I, Estadística Diferencial y, la más satánica de todas: Optimización I, la razón por la que muchos habían abandonado la carrera y otros tantos se hacían viejos resistiéndose a Luis Alejandro, un matemático de la Nacional que despreciaba a todos y cada uno de sus burgueses alumnos. Hacía bien, en la Sabana únicamente estudiamos burgueses frívolos, y aspirantes a burgués también, carentes de espíritu, jóvenes infames sin una pizca de apetito consciente por la realidad.
Doy media vuelta sobre la cama y me dejo enrollar entre las sábanas. Estiro la mano como un ciego, los dedos abiertos y los ojos no, buscando el control remoto del televisor sobre la mesita, tropieza mi torpe mano con un vaso que hasta la noche anterior contenía agua; el estruendo del vaso chocando contra el piso de madera me estremece y, pum, abro los ojos. Lo primero que veo es el radio-reloj que marca las 2:27AM. Sacudo la cabeza con incredulidad y froto mis manos en los ojos. Me pongo en pie de un salto y me dirijo a reclamarle a mi mamá por haberme despertado a esta hora. “En la madrugada hubo un corte en el fluido eléctrico, hijo”, me explicó mientras me extendía una taza de café negro sin azúcar, como debe ser. Giró sobre sí para ocuparse en los huevos revueltos que yo habría de comer minutos más tarde. “Bueno”, pensé, “eso explica que el radio-reloj marcara las 2:27AM, y que la electricidad se restableció hace dos horas y veintisiete minutos.”. Además de los huevos y el café también comí leche con cereal. Volví a mi habitación tan pronto terminé con el desayuno y reanudé la búsqueda del control remoto. En la mesita de noche no aparecía, ni encima ni al interior del cajón, donde busqué tres veces antes de cerrarlo definitivamente. Revolví las cobijas, las alcé sobre mi cabeza, las sacudí una tras otra y tiré al suelo resignado. Me apoyé sobre mis manos y rodillas para buscar bajo la cama, y ahí estaba ocultándose en el fondo de un zapato. Me apresuré a tomarlo y lo apunté hacia la TV; al encenderse ésta, el canal sintonizado era MTV y pasaban el video de Chase The Sun interpretada por Planet Funk. Abandoné a la habitación como única audiencia del televisor. Me saqué la ropa de encima y me dí una ducha corta cantando, “I’m flying away, Running like the wind, As I chase the sun”. Y, si bien es cierto que masturbarme sería útil en tanto que mi propósito es quitarme la ansiedad de encima, no cuento con tiempo suficiente para desarrollar tan delicado procedimiento y me limito a sacudir el pito.
Al terminar de vestirme ya el reloj de la cocina marcaba las 5:57AM, me rindió el tiempo considerando que perdí casi 10 minutos buscando el control remoto del televisor. Tiempo suficiente para tomar el transporte público y llegar antes de las siete a la universidad; no sería capaz de enfrentarme al primer parcial, el de Estadística Diferencial, sin antes fumarme un cigarrillo.

Aunque el sol se levantaba y la cuidad despertaba, mi compañero de lugar en el bus seguía soñando y dejando caer sus babas sobre su brazo. Unos pálidos rayos de sol se filtraban por la cortina que antes había cerrado el bello durmiente –quien ocupaba el puesto de la ventana-. Me apeé del bus y una larga fila de gente se formaba a la entrada de la universidad: Un arrogante vigilante, no obstante ser semana de parciales, se empecinaba en que todos y cada uno de los afanados estudiantes le enseñaran su identificación y, de paso, algo de colaboración y educación. Desenfundé mi documento con tal de ser admitido mi ingreso. Me dirigí al edificio E y, antes de reunirme con mis compañeros, fumé un cigarro, sentado en el suelo, dejando que el sol me calentara las piernas y me fastidiase la visión. Arrojé la colilla en una caneca y apagué el MiniDisc –que reproducía, hasta ese instante, una mezcla de Dave Seaman-. Subí las escaleras, busqué el salón y me apropié de una silla en la primera fila. Me puse de pié de inmediato, pues el profesor no llegaba aún y necesitaba orinar; los nervios me estaban matando. Desocupé mi vejiga y dí un suspiro alentador para mí mismo. Volví al salón y el profesor ya estaba ahí, apoyado en su atril [aclaración, en la Sabana cada salón cuanta con un atril para que el profesor que así lo requiera dirija discursos, emulando a un dictador orando a sus oprimidos lacayos] flirteando con una estudiante que, ni corta ni perezosa, dejaba entrever que no vestía sujetador esa mañana. Llegado el momento, el lujurioso docente entregó la baraja de exámenes a quienes nos ubicábamos en la primera fila. Tomé el grueso paquete entre mis manos, elegí uno para mí, y pasé los demás a quien se ubicaba tras de mí, sin siquiera mirarlo, o mirarla. Tablas T, campanas Gauss, muestras ordenadas simples, con repetición y sin ella, en fin. Terminé antes que todos los demás, en realidad fue más fácil de lo que imaginé. Así que, consciente de que no podía darme el lujo de desperdiciar un minuto, busqué una mesa disponible, alejada de los bulliciosos jovencitos, y abrí mi libro de Krugman; el parcial de Macroeconomía I aguardaba por mí. En medio de índices inflacionarios, fiat, M1, M2, y demás, se me agotaba la iniciativa; observé a Daniel Medina que caminaba como sin saber hacia dónde ir, no le quité la mirada de encima, él lo notó y se acercó a mí con cara de “a que no sabes”. “Marica”, me saludó, “¿si se enteró?”. Sólo inquirí levantado mis cejas. “Acaba de estrellarse un avión en el World Trade Center”, me informó. Estiré mi brazo izquierdo con tal de revisar mi reloj pulsera, como si no me interesara lo que acababa de decirme. Silencio. “¿Macro?”, preguntó Daniel. Asentí no más. “Después me explica, marica.” Dijo Medina, levantándose, para dirigirse así a la máquina expendedora de snacks. Se perdió de mi vista y volví a sumergirme en mi materia de estudio. A pesar de no sentirme a gusto con lo que sabía para el parcial, cierro el libro y reviso la hora de nuevo, mis pensamientos no son tímidos y se mezclan con mis conocimientos, “Habrá de haber sido algún piloto de avioneta extraviado”, pienso, sin darle muchas vueltas al asunto. Faltan tan sólo 5 minutos para que sean las 9AM, guardo mi libro en la mochila y me dirijo al Edificio G, donde debo acudir al parcial de Macro. Cuando llego al salón me sorprende que está más concurrido que de costumbre. Me abro paso entre la muchedumbre y están Germán, el profesor de Macro, el decano de la facultad (no me pregunten su nombre, nunca lo supe), y otros estudiantes mirando al televisor que, en una esquina del salón, sirve como apoyo audiovisual y, en este caso, como portador de malas nuevas. Para mi sorpresa, no es una avioneta lo que ha chocado contra una de las torres gemelas del World Trade Center en New York, es un avión comercial, en cambio, un Boeing 757 según informaciones de NBC. El edificio norte fuma copiosamente. Miradas atónitas. La imagen que proyecta el televisor no cambia durante varios minutos, únicamente cuando la transmisión se dirige hacia las preguntas que se hacen en tierra los inquietos periodistas, “Excuse me, sir. Did you see what happen?”. Negativas. La gente no puede menos que alejarse del lugar. Ente tanto, los periodistas en estudio no saben más que hacer conjeturas, especulación sin sentido y confiar en el informe que se transmite desde un tímido helicóptero que se confunde entre el humo cuando, de repente, se vé un avión volando sospechosamente bajo, acercándose al lugar del apocalipsis y, pum, entra por un costado de la torre sur para salir convertido al otro lado en una bola de fuego. Una bola de fuego, un sol, qué digo yo. “Another collison”, dicen en NBC, y silencio. En el salón de clases, el asombro y las bocas abiertas son interrumpidas por un sonoro “Hijo’e puta” que sabrá Dios quién lo escupió. Ni siquiera el decano se atrevió a reprender.