sábado, 10 de septiembre de 2011

OTRA PELÍCULA GRINGA IDIOTA

“… Levántate hijo, se te hizo tarde”. Me sacudía en el hombro mi mamá. Pese a que mis párpados se resistían a despegarse, no había olvidado que sería un día importante si me defendía con pericia. Y defenderme, sí, de tres parciales, un tridente infernal con el que la universidad no desperdiciaría ocasión en agujerearme el entusiasmo, y de paso el culo, de permitírselo. Macroeconomía I, Estadística Diferencial y, la más satánica de todas: Optimización I, la razón por la que muchos habían abandonado la carrera y otros tantos se hacían viejos resistiéndose a Luis Alejandro, un matemático de la Nacional que despreciaba a todos y cada uno de sus burgueses alumnos. Hacía bien, en la Sabana únicamente estudiamos burgueses frívolos, y aspirantes a burgués también, carentes de espíritu, jóvenes infames sin una pizca de apetito consciente por la realidad.
Doy media vuelta sobre la cama y me dejo enrollar entre las sábanas. Estiro la mano como un ciego, los dedos abiertos y los ojos no, buscando el control remoto del televisor sobre la mesita, tropieza mi torpe mano con un vaso que hasta la noche anterior contenía agua; el estruendo del vaso chocando contra el piso de madera me estremece y, pum, abro los ojos. Lo primero que veo es el radio-reloj que marca las 2:27AM. Sacudo la cabeza con incredulidad y froto mis manos en los ojos. Me pongo en pie de un salto y me dirijo a reclamarle a mi mamá por haberme despertado a esta hora. “En la madrugada hubo un corte en el fluido eléctrico, hijo”, me explicó mientras me extendía una taza de café negro sin azúcar, como debe ser. Giró sobre sí para ocuparse en los huevos revueltos que yo habría de comer minutos más tarde. “Bueno”, pensé, “eso explica que el radio-reloj marcara las 2:27AM, y que la electricidad se restableció hace dos horas y veintisiete minutos.”. Además de los huevos y el café también comí leche con cereal. Volví a mi habitación tan pronto terminé con el desayuno y reanudé la búsqueda del control remoto. En la mesita de noche no aparecía, ni encima ni al interior del cajón, donde busqué tres veces antes de cerrarlo definitivamente. Revolví las cobijas, las alcé sobre mi cabeza, las sacudí una tras otra y tiré al suelo resignado. Me apoyé sobre mis manos y rodillas para buscar bajo la cama, y ahí estaba ocultándose en el fondo de un zapato. Me apresuré a tomarlo y lo apunté hacia la TV; al encenderse ésta, el canal sintonizado era MTV y pasaban el video de Chase The Sun interpretada por Planet Funk. Abandoné a la habitación como única audiencia del televisor. Me saqué la ropa de encima y me dí una ducha corta cantando, “I’m flying away, Running like the wind, As I chase the sun”. Y, si bien es cierto que masturbarme sería útil en tanto que mi propósito es quitarme la ansiedad de encima, no cuento con tiempo suficiente para desarrollar tan delicado procedimiento y me limito a sacudir el pito.
Al terminar de vestirme ya el reloj de la cocina marcaba las 5:57AM, me rindió el tiempo considerando que perdí casi 10 minutos buscando el control remoto del televisor. Tiempo suficiente para tomar el transporte público y llegar antes de las siete a la universidad; no sería capaz de enfrentarme al primer parcial, el de Estadística Diferencial, sin antes fumarme un cigarrillo.

Aunque el sol se levantaba y la cuidad despertaba, mi compañero de lugar en el bus seguía soñando y dejando caer sus babas sobre su brazo. Unos pálidos rayos de sol se filtraban por la cortina que antes había cerrado el bello durmiente –quien ocupaba el puesto de la ventana-. Me apeé del bus y una larga fila de gente se formaba a la entrada de la universidad: Un arrogante vigilante, no obstante ser semana de parciales, se empecinaba en que todos y cada uno de los afanados estudiantes le enseñaran su identificación y, de paso, algo de colaboración y educación. Desenfundé mi documento con tal de ser admitido mi ingreso. Me dirigí al edificio E y, antes de reunirme con mis compañeros, fumé un cigarro, sentado en el suelo, dejando que el sol me calentara las piernas y me fastidiase la visión. Arrojé la colilla en una caneca y apagué el MiniDisc –que reproducía, hasta ese instante, una mezcla de Dave Seaman-. Subí las escaleras, busqué el salón y me apropié de una silla en la primera fila. Me puse de pié de inmediato, pues el profesor no llegaba aún y necesitaba orinar; los nervios me estaban matando. Desocupé mi vejiga y dí un suspiro alentador para mí mismo. Volví al salón y el profesor ya estaba ahí, apoyado en su atril [aclaración, en la Sabana cada salón cuanta con un atril para que el profesor que así lo requiera dirija discursos, emulando a un dictador orando a sus oprimidos lacayos] flirteando con una estudiante que, ni corta ni perezosa, dejaba entrever que no vestía sujetador esa mañana. Llegado el momento, el lujurioso docente entregó la baraja de exámenes a quienes nos ubicábamos en la primera fila. Tomé el grueso paquete entre mis manos, elegí uno para mí, y pasé los demás a quien se ubicaba tras de mí, sin siquiera mirarlo, o mirarla. Tablas T, campanas Gauss, muestras ordenadas simples, con repetición y sin ella, en fin. Terminé antes que todos los demás, en realidad fue más fácil de lo que imaginé. Así que, consciente de que no podía darme el lujo de desperdiciar un minuto, busqué una mesa disponible, alejada de los bulliciosos jovencitos, y abrí mi libro de Krugman; el parcial de Macroeconomía I aguardaba por mí. En medio de índices inflacionarios, fiat, M1, M2, y demás, se me agotaba la iniciativa; observé a Daniel Medina que caminaba como sin saber hacia dónde ir, no le quité la mirada de encima, él lo notó y se acercó a mí con cara de “a que no sabes”. “Marica”, me saludó, “¿si se enteró?”. Sólo inquirí levantado mis cejas. “Acaba de estrellarse un avión en el World Trade Center”, me informó. Estiré mi brazo izquierdo con tal de revisar mi reloj pulsera, como si no me interesara lo que acababa de decirme. Silencio. “¿Macro?”, preguntó Daniel. Asentí no más. “Después me explica, marica.” Dijo Medina, levantándose, para dirigirse así a la máquina expendedora de snacks. Se perdió de mi vista y volví a sumergirme en mi materia de estudio. A pesar de no sentirme a gusto con lo que sabía para el parcial, cierro el libro y reviso la hora de nuevo, mis pensamientos no son tímidos y se mezclan con mis conocimientos, “Habrá de haber sido algún piloto de avioneta extraviado”, pienso, sin darle muchas vueltas al asunto. Faltan tan sólo 5 minutos para que sean las 9AM, guardo mi libro en la mochila y me dirijo al Edificio G, donde debo acudir al parcial de Macro. Cuando llego al salón me sorprende que está más concurrido que de costumbre. Me abro paso entre la muchedumbre y están Germán, el profesor de Macro, el decano de la facultad (no me pregunten su nombre, nunca lo supe), y otros estudiantes mirando al televisor que, en una esquina del salón, sirve como apoyo audiovisual y, en este caso, como portador de malas nuevas. Para mi sorpresa, no es una avioneta lo que ha chocado contra una de las torres gemelas del World Trade Center en New York, es un avión comercial, en cambio, un Boeing 757 según informaciones de NBC. El edificio norte fuma copiosamente. Miradas atónitas. La imagen que proyecta el televisor no cambia durante varios minutos, únicamente cuando la transmisión se dirige hacia las preguntas que se hacen en tierra los inquietos periodistas, “Excuse me, sir. Did you see what happen?”. Negativas. La gente no puede menos que alejarse del lugar. Ente tanto, los periodistas en estudio no saben más que hacer conjeturas, especulación sin sentido y confiar en el informe que se transmite desde un tímido helicóptero que se confunde entre el humo cuando, de repente, se vé un avión volando sospechosamente bajo, acercándose al lugar del apocalipsis y, pum, entra por un costado de la torre sur para salir convertido al otro lado en una bola de fuego. Una bola de fuego, un sol, qué digo yo. “Another collison”, dicen en NBC, y silencio. En el salón de clases, el asombro y las bocas abiertas son interrumpidas por un sonoro “Hijo’e puta” que sabrá Dios quién lo escupió. Ni siquiera el decano se atrevió a reprender.



martes, 16 de agosto de 2011

CAPÍTULO I

Conversaba agitadamente por teléfono.
Me costó un mundo comunicarme, ah Dios… sólo él sabe cuánto tuve que sufrir para  que la maldita telefonistaoperadora esa de mierda, me colocara la cita para el puto exámen de la citología esa de mierda,  mañana. Pausa de tres segundos eternos, suficientes para que la vieja pelirroja se callara de una vez, dejara el vaso que sostuviese lleno de gin hasta ese instante, vacío sobre la repisa del piano, agarrase su pelo para arrojarlo en seguida, como si le hubiese punzado al sentirlo la palma de su mano, y, después de soltar un suspiro afligido, buscara su mano libre el cuerno del teléfono que agarraba con la otra. Marta, Marta, me dices. Responde con orgullo –aunque preferiría hacerlo con ironía- Marta.
VÉ Y UNDE EL DILDO QUE HE DE COMPRAR EN EL HEDIONDO PELUDO BOTAGREDA OCULTO TRAS ESE ROSADO CARNE-DE-CERDO  ESTRIADO CULO DE TU PUTA MADRE, MARTA, no me importa, qué cuerno vas a importar rufianea  roñosa rigorosa resplandeciente rastrera rata ta tata resobadaresobrada ríoquetellevaqueteríascuandotejoda robertorockandroll ru ru, mi sol.
Yo le diría eso si estuviese del otro lado del teléfono. No daría mi brazo a torcer frente a ninguna petición de esta vacateta. Que abra sus piernas cuando deba y que las cierre cuando le convenga. Pchssst. Estoy dejando caer la ceniza de mi cigarro sobre el descansabrazos del sofá. Luce costoso, es de cuero curtido por el sudor de los brazos y los culos, el licor y los demás refrescos y las viandas que han caído sobre él, el sol, la ceniza torpe que saltó de mi cigarro, en fin, es mejor fingir sorpresa, después vergüenza y enmendar el destrozo con el mayor interés e idoneidad -lo hago a la vez que sospecho que alguien me observa, trato de rastrear con el rabo de mi ojo izquierdo sin tener éxito, en seguida, con ambos ojos y cautelosa atención vigilo y sigo el procedimiento que hace efectivo mi mano, primero recogiendo las cenizas derramadas en la enmendadura entre el cojín y el descansabrazos, después arrojándolas en el fondo de un tarro de metal  de mentas inglesas que menester de servir como cenicero, con gentileza recibía la carga de mi culpa y, en efecto, las cenizas depositadas allí a propósito-, mejor me incorporo y exclamo un suspiro a pulmón lleno en tanto me he dado cuenta de que mi presencia no ha sido notada sólo cuando inclino mi cabeza hacia el auditorio, y veo un boceto naturaleza-muerta repugnancia todo, hasta respirar, hasta el tuétano; desvío mi mirada a la derecha, al otro extremo del sofá, veo improperios eyaculados por la boca del gordo con sonrisa de guasón en forma de gotas de saliva cargadas con minúsculas partículas de chitos que se estrellan y se derramanpegan en toda la ridiculez de la cara de la tortuga esa que soporta (el maltrato) (las ofensas) sólo por evitarse que el tipo oriental con quien salía intentara de nuevo romperle una botella sobre la cara cuando volviera a descubrir que le seguía siendo infiel; desde la silla perpendicular al otro extremo del sofá, enfrente a la integridad orgullosa del piano, expulsados, desde las tetas… las tetas… las tetas que cuelgan del pecho de la perra… un momento… no, desde la boca más seductora jamás imaginable cuando está cerrada, y la más inaceptable cuando expulsa sus acostumbrados berridos insoportables para terminar siempre fingiendo su carcajada insoportable, hacia la chica rubia inclinada, apoyada en una rodilla mirándola con indiferencia a la vez que acerca una mano a recoger un encendedor desechable, segundos antes, dejado caer al piso, al lado de mis inquietos pies; mi interés por la rubia es distraído y alzo de nuevo la mirada, frente a mí señalándome, de pie, dándole la espalda al otro sofá, risotadas y choques de copas forzados entre dos viejos amigos y Marta, de sapo, de rana, de lo que sea, entrometida y morronga, cómo no, en frente de mí al otro lado de la habitación, clásico; vómito que salta desde el otro rincón de la habitación y cae sobre la tortuga, clásico de la perra maldita Marta; la rubia se incorpora y, de un salto, está en medio del compás que describen mis piernas abiertas, me mira, hace una mueca que no estoy seguro si se deba a la lástima que le causa que se ha estropeado toda la parafernalia interpretada a gusto del culo agotado de la tortuga y un litro de vómito, permítaseme aumentar el concepto de éste como: obediente con rigor a la gravedad, presuroso por abandonar su sitio de encefalizaje y serenamente, recubre la piel del pecho y los hombros y los brazos no protegida por el vestido noapruebadevomitones con la hedionda caricia de las gotas espesas, los chorros abarrotados de suciedad y, puaj… ¿Qué el demonio son tales saetas rojas entre el vómito que se distingue sobre las mejillas rojas de la menospreciada tortuga?... carajo, sangre. Es, en verdad, lastimoso, descifrar que la tortuga obstinadamente mira al piso para no perder el control (se da ánimo convenciéndose de que si no pierde de vista el piso no habrá lugar a caer), no tanto como admirarme tirado en el sofá mirándola (a la rubia), sonriéndole; se da media vuelta, se acerca a la insoportable y le dice algo al oído, pero no me logro enterar de lo que sucede, hasta que la insoportable saca un espejito de su cartera y se lo entrega a la rubia que presurosa, corre hacia el baño a ofrecerle un pase a la metralleta de nausea que asumo es Marta, porque es la única que hace falta.

MalditaMartapuercaputrefactasidosaculoderatagonorrealetrinadecualquierazongaputona… hasta  uribista será. De inmediato, las mujeres corren y se acuartelan en el baño en pos de socorrer a malditaMarta; en realidad, una, la rubia, que como amazona se armó de tres adictas más –la insoportable, la tortuga, que preferiría aspirar un poco de las delicias proporcionadas por el buen Uncle Fester, reconocido traficante de cocaína en Bogotá, y otra que salía corriendo de la cocina para unirse después de sentir el grito de batalla que emitía su camarada; a decir verdad, no había visto antes a la que permanecía en la cocina; rubia y séquito seducidas por la responsabilidad de mantener en pie a una valiente caída en combate y, de paso, a ellas mismas.
Ante la inesperada ausencia de las damas la atención se dispersa de nuevo y sigo tendido sobre el sofá y de nuevo me doy cuenta que nadie ha notado mi presencia, nadie en absoluto, nadie durante mi último lagerlagerlagershoutingmegamegawhitethingmegamega. Alguien me observaba, de eso estoy seguro.

sábado, 13 de agosto de 2011

COMPORTAMIENTOS ERÓTICOS Y DAMAS [Y DEMÁS]

A lo que con desdén, respondí. -No os mentiré, pero os ruego camaradas, abstenerse de mencionar mi nombre como fuente de información, porque un caballero no hace manifiestas opiniones acerca de comportamientos eróticos sostenidos con ninguna dama y, no quepa la menor duda en que soy un caballero, no obstante, Marta no es ninguna dama-.
-Bah!-, me escupe en la cara el rey de las burlas de turno. -¿No habríais acaso hecho público vuestro amor por ésta a quien llamabais ninguna dama, frente a todos nosotros, quienes os acompañamos ahora que tiene lugar vuestro segundo aire?-, continúa, agitando su brazo delante de mí.
Parezco encogerme ante la imponencia del gordo pusilánime levantándose sobre mí  pero, en realidad, siento profunda repulsión por su farsante protocolo. Miro alrededor como si pidiera auxilio atrapando la atención de alguien más. Heroicamente, la mirada de Parada aguardaba por la mía, por suerte no la dejo escapar y, prosigo. -En tanto lo que respecta a lo que os interesa, lo que recuerdo de los comportamientos eróticos sostenidos con la tan exhortada… hmmm… digamos, sólo en esta oportunidad, dama, no hacen parte de mis hot reminds.–, me previne, después de rascar mi ceja izquierda, con la mirada clavada en los ojos de Rafael Parada.
Éste último, perplejo, a causa de la severidad en mis afirmaciones, así como respondería un resorte, se incorporó con el brazo con que sostuviese el vaso rebosante de hielo recubierto por licor en alto, ofreció su copa a la audiencia dejando escapar una de sus acostumbradas sutilezas, no sin antes beber un largo trago: -… apresuraos pues amigos a beber, porque las tantas maravillas que retumbaban insistentes y ávidas de atención dentro de vuestros tímpanos, presumía la bondad obvia de las habilidades concupiscentes de Marta, sin ni siquiera ser probables ciertas.-, terminó aplastando el vaso con la fuerza de su mano, en el troquel propio que coincidía con la forma del terraplén que agarrase y, sobre este terraplén de nuestro ferrocarril ha caído un rayo, afectando sus carriles en dos lugares, A y B, muy alejados uno de otro. Y agrego ahora la afirmación de que estas dos descargas se han producido simultáneamente. Si yo ahora te pregunto, querido lector, si esta afirmación tiene algún sentido, me responderás con un “sí” convencido. Pero si yo ahora me acerco a ti con el ruego de que me expliques con más detalle el sentido de dicha afirmación, advertirás, tras cierta reflexión, que la respuesta a esta pregunta no es tan simple como a primera vista parece.      
Con advertidas necesidades de atención, el gordo me sacude del hombro con su insolente brazo. -¿Os atrevéis entonces tú, molesto animal pusilánime, a hacer manifiestas opiniones acerca de los comportamientos eróticos que habéis sostenido con esta “dama”?–, me suelta y, pronosticado plegado facial, arruga su frente y, ufana su sonrisa guasona… y enclenque.
Pero en realidad (visto desde el terraplén ) dicho observador corre al encuentro del rayo de luz procedente de B y huye delante del rayo de luz que proviene de A. Por consiguiente, verá antes el rayo de luz procedente de B que el que proviene de A.
-¿Manifiestas opiniones habéis hecho vos últimamente?-, fatigando la importancia del tema, respondo a la pregunta con otra pregunta.
Ojos bien abiertos, la cara del rollizo petulante, paranoica, se estira. Boca bien abierta, y una vena rota, babas más que suficientes para llenar tres canecas. Sonrisa guasona bien abierta, muchas veces resulta conveniente no preguntarse si estará mal aparentar sentirse inhumano.
-Entiendo que Antonia Zúñiga administra mamadas de epopeya.-, prosigo, sin dejarlo hablar. Bebo de mi terraplén y complemento. –¿Cómo es aquello de sentirse satisfecho en la cama?-, río nostálgicamente.
Los murmullos inundaban la atmósfera de humo de cigarros. No tengo contacto con Antonia pero en la tarjeta de memoria de mi teléfono guardo su número, no vacilo en buscarlo, es el primero de la lista (por orden alfabético, justo antes de Aziz Hodjaev, un musulmán homosexual que conocí en Inglaterra con quien, por fortuna, rompí contacto bastante hace), marcación. Alargo el brazo hacia Parada entregándole el celular, con el propósito que suavice el tono de la sugestión. Entusiasta no se niega éste a manipular la conspiración.
¿Cómo hallar el lugar y el tiempo de un suceso con relación al tren cuando se conocen el lugar y el tiempo del suceso con respecto al terraplén?
No se hizo esperar más que lo necesario el gordo estriado, y al tener ocasión el tercer timbrazo ya le había arrebatado el aparato telefónico a Parada con tal de interrumpir el intento de comunicación. A lo que éste reaccionó, no sin antes tragar un poco de saliva provocada. –Cálmate, hombre, mesúrate, pareciera antes que no te agrada que te llamen al celular.- Indaga socarronamente Parada. –Han dado harta lata en tu teléfono personal en más de siete oportunidades,- y, era cierto, cómplices risotadas eran el resultado de contar una tras otra las ocasiones en que Olga, la madre de Roland, intentaba enterarse de la suerte que corría su hijo, extraordinaria oportunidad para destapar la olla, y preguntarme para que todos oyeran, -Hey, Denis, ¿Acaso sería Olga quien llamaba a Roland Gilberto?
-No ha de cambiar Olga sus viejas costumbres si, a su vez, su hijo no ha tenido una iniciativa de este carácter.- Replico sin pensar y mirando fijamente a Roland mientras , éste, bueno, no éste, sino lo que lo hace lucir cuchillos en lugar de dientes, abandona su mirada a la voluntad de su vacilante y pendulante cabeza.
La masa pesante y la masa inercial de un cuerpo son iguales.
Entre tanto, Parada me festeja la estocada estirando verticalmente su mano, sugiriéndome gestar un aplauso, chocando la palma de mi mano con la suya.

lunes, 8 de agosto de 2011

[EXCESO DE CERVEZA]

Azoto la puerta tras mí. Encerrado en el baño.
¡Qué es esta mierrrda!
¡Apesta a orín, es repugnante!
No se han tomado la molestia de acertar el disparo urinario dentro del inodoro, es un escándalo.
Preferiría negarme (las putas ganas de orinar, sentado, propinando diestros pitazos a un cigarrillo, a tragarme esta mierda con el pretexto de aliviarme. Mucho más satisfactorio depositar el contenido de mi vejiga en cualquier rincón, sin duda.
Me quejo pero me aguanto.
Lo vierto sobre la cerámica.
Me quejo más, pero es reconfortante.
Sería encantador haberme hecho en los pantalones; ahora, a pesar de mi escepticismo, resuelvo que es peor haber entrado al baño.
Final del delicadísimo procedimiento consistente en evacuar los desperdicios líquidos efecto del metabolismo administrado por mi humanidad.

viernes, 13 de mayo de 2011

CAPÍTULO V

El problema inició cuando todas las noches, antes de conciliar el sueño, me asaltaba la duda; Me envolvía entre las sábanas que compartía con vaca-trucha, transpirando sudor frío. Tan sólo yo sudaba, no acostumbra ella practicar tan sofisticado procedimiento metabólico, excepto si menester del sexo su peludo culo es. Cuando eso tenía lugar, aquello de sudar, ningún rincón de su cuerpo se escapaba de causar una incontrolable e infinita explosión de placeres a causa de la concupiscencia de sus sabores, olores, aspecto de la carne, sobre éste débil spineless cuerpo que arrastro. La voluptuosidad de la lujuria, entre tanto, hacía más pesada la carga de la que se componía mi lastre. Se las arreglaban mis piernas flacuchentas para transpirar más que lo tolerable. La vaca-trucha me pateaba, aunque un instante después me abrazaba por detrás con sus brazos y piernas, y me preguntaba si todo estaba bien. Prefiero dar rienda suelta al teatrino y chillo buscando uno de sus rosados pezones, para apretarlo ansiosamente entre mis labios hasta conciliar el sueño.

Todo esto tenía lugar cuando todas las noches, antes de conciliar el sueño, me asaltaba la duda.

Al alba, no tenía duda alguna.